Era un día de frío y con mucho viento, tanto que el hotel se quedo sin luz y un viento como nunca he estado en un puesto, en un par de ocasiones (y no exagero) estuve a punto de caerme por culpa del viento. La montería tenía pinta de ser aburrida, no por poca caza, sino porque no se iba a oír nada, ni perros, ni tiros y eso es algo que todos sabemos que aunque no tengas suerte en el puesto, el oír la montería es algo que te alegra.

En esto que por fin “veo” dos rehalas que pasan por mi puesto, una por mi derecha, echa una pelota alrededor de los perreros y la de mi izquierda con todos los perros abarcando una gran franja de monte y pienso; eso sí es una buena rehala. Sigo con la vista el desarrollo del buen hacer de los perros ya llegando a la cima del pecho de enfrente (por decirlo de alguna manera, porque era un buen pico), cuando veo a uno de los perreros que baja del monte como alma que lleva el diablo, en ese momento me pongo tenso ya que con el viento no se oye ninguna ladra o agarre. Pero al momento me doy cuenta de que los perros siguen por arriba sin seguir al perrero por lo que me quedo totalmente desconcertado.

Al cabo de unos 20-25 minutos me aparece por atrás y he a ahí mi sorpresa cuando veo a Kiko con el chaleco reflectante en la mano y me dice….”se me había olvidado”. Os puedo asegurar que mi vuelta a los coches duro más de 20 minutos y este pedazo de …. no tardo más de 30 minutos en bajar y subir ese pedazo monte que tenía enfrente. Todo eso sin que la rehala dejara de cazar, porque al final me echaron un cochinete que por su tamaño no quise tirar.

Por otro lado, también agradecer a José Luis que se encargara de mi mujer y la de Luis Villalba que se quedaron con él en la furgoneta ya que el día era francamente desagradable (con una atención inmejorable, todo hay que decirlo), aunque no supiera que estaba hablando con su sobrina, pero esa es otra historia.

Ignacio Puig Rodriguez