Gracias.
Es lo primero que me sale cuando pienso en Capablanca, en esos perros que un día de invierno vi por primera vez en el monte.

Yo era (y sigo siendo) inexperto, pero me di cuenta que aquellos perros que asombrosamente eran todos iguales, no eran como el resto. Desde los ojos de un neófito veía que no iban con el perrero, iba cada “uno por su lado”, pero de una forma que con los años me ha explicado Kiko, y que el perrero era un chico de mi edad!!!

Con el tiempo, aquel perrero, su padre y yo nos hicimos amigos, creo que bastante amigos, y me invitaron un día a ir con ellos y con sus perros, ¡yo! ¡Que siempre iba con mi padre al puesto!
Tras dudarlo, acepté, y desde entonces no he parado de ir siempre que puedo. Da igual dónde sea la montería, el tiempo que haga o lo cansado que esté, si puedo, voy con ellos.

Estar en un puesto es emocionante, y seguramente volveré, pero no tiene comparación a ir con la rehala, el paseo por el campo, los perros cazando y siendo animados por Kiko: “¡¡¡vamos dentro!!!”, y de repente, la ladra… el corazón se acelera mientras escuchas a los perros y Kiko dirige… ahora corremos, ahora escuchamos, volvemos a correr... el corazón se te sale por la boca, y es la adrenalina la que te permite seguir corriendo intentando seguir a Kiko por el monte lo cual no es nada fácil.

Era un corzo…

Pero ha merecido la pena, ya he disfrutado más que muchos monteros que están en el puesto esperando ese ansiado viejo macho, soñando y recreando en su cabeza por dónde les saldrá y dónde le tirarán… nosotros no podemos soñar, no da tiempo… detrás de una encina baja en “La Cabrera” puede haber un buen cochino …

¿verdad Kiko?

Nacho Polvorinos