El maestro Ortega y Gasset, metido en sus reflexiones sobre la mismidad de la caza y al describir una montería, en su Prólogo a la obra del conde de Yebes “Veinte años de Caza Mayor” escribió: “…. de pronto, en este prólogo, se escuchan ladridos”. Me recorrió un escalofrió al leerla, quizás por haberla vivido ya desde mi noviazgo jabalinero en aquel agarre en tierras alcarreñas hace ahora solo treinta y seis años. ¿Qué mejor forma de describir lo más bello de una montería?

Los que hemos sido o somos monteros y perreros sabemos que más que el arrollón del monte, más que la junta y el paseíllo, y por supuesto mucho más que el inevitable disparo, es la dicha, el latir, de los perros la que nos activa los sentimientos que se hallan en lo más profundo de nuestros genes y que muchos congéneres no tiene la oportunidad de sentir porque la evolución urbanita ha acabado con muchas cosas buenas del ser humano, con algunas de sus más nobles raíces.

Es la de “Capablanca“ una rehala con la tradición que dan varias generaciones de podencos nacidos en Aragón de aquellos ancestros que emigraron a Aragón de la mano de nuestro amigo José Luis y que se ha hecho mas aragonesa con el liderazgo de “Kiko”.

Es una rehala que se describe a sí misma estética y funcionalmente y no seré yo el que la desluzca con el verbo siempre limitado.

Solo quiero destacar algo sobre su dicha; hay algo en el latir agudo, recio, práctico, enérgico, abigarrado de esos podencos aragoneses que, al escucharlo, eriza el cabello de la misma manera que a los que vamos asomándonos a Aragón y enamorándonos de muchas de sus cosas nos ocurre con su cante…

¿No será, queridos José Luis y Kiko, que habéis enseñado a vuestros “Capablanca “ a latir por “joticas”?

J. Ramón Romero